lunes, 17 de septiembre de 2012

Calcinando recuerdos


Fuera de mi todo parecía tan normal, el llanto se había esfumado, las alucinaciones se habían desvanecido, el aroma de tu piel  con el viento de agosto se había ido sin dejar un solo rastro.

Y aunque no sonreía, mis lagrimas ya no se dejaron ver, un alma en pena eso era yo, desapareció por completo los sentimientos… todo marchaba de una manera poco normal pero así no tenía el peso encima ni tan si quiera de repetir tu nombre…

Mis horas de sueño eran unas pocas, tal vez dos o tres horas, lo suficiente para darle un descanso al cuerpo sin vida que cargaba un fantasma.

Hasta que… hasta que apareciste trayendo contigo todo un baúl lleno de recuerdos tirándolo a mis pies, jamás pensé que un –hola- seria la copia exacta de de la llave que cerró tal baúl cuando mirándome a los ojos decidiste decir solo –adiós-

Mi cuerpo congelado y mi mente hecha un mar de confusión, sin decir palabra alguna te contemplé al igual que aquella mañana, intenté hacerme el fuerte… imposible, sabias bien que la puerta a mi alma eran mis ojos…

Sabía bien que la puerta a tu alma eran tus ojos que ya no tenían ese brillo que hicieron en un ayer de tantos, enamorarme de ti… sin pensarlo, sin saber cómo ni en qué momento, tu cuerpo se abalanzó hacia mí, me abrazaste fuerte.

Entre palabras pausadas a causa de un ¿llanto? Escuché un –perdóname. Nuevas heridas abrieron las cicatrices que tras una eternidad habían sanado y me quede  en suspenso preguntándome si esas palabras eran verosímiles.

Como una gota de agua que se desliza por la piel de un carmesí me aparté de ti, cerré mis ojos sin dejar que las lágrimas que quemaban mi alma se desprendieran.

Te perdono solo eso se escuchó en ese momento y sin más me alejé inerte… me perdí en un mundo en ese mundo vacio en los que pasaba mis noches tal vez una semana, al despertar, mis pasos me llevaron al lugar, a ese mismo lugar en donde toda historia habría cobrado vida, sentí mi cuerpo desvanecerse.

Estabas allí, contemplando la nada, te tomé en mis brazos calcinando el mal recuerdo, me besaste como la primera vez, un segundo primer beso. Y el silencio se rompió con tu voz –No importa cuna fuerte sean los vientos, la tormenta, el destino, no te perderé jamás.  

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